ALTAVOZ PARROQUIAL SEMANAL
Para los que quieren pensar, rezar,
informarse y formarse como cristianos;
y mirar siempre el futuro con alegría y esperanza.
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XXXIII DOMINGO ORDINARIO - C
Evangelio de la Misa: Lc 21,5-19Pies en la tierra, mirada en el cielo
Estamos en el penúltimo domingo del Año Litúrgico, y no puede faltar la reflexión sobre las verdades eternas. También San Lucas, como los otros evangelistas, nos obsequia con la doctrina escatológica, de lo que hoy leemos en la Santa Misa. Unos y otros evangelios se complementan en los diversos temas o detalles, pero al final la doctrina es clara e incuestionable: muerte, juicio, infierno y gloria y la escatología universal: juicio final y fin del mundo. No se dice cuándo ni cómo sucederá. Las palabras de Cristo son una llamada a la responsabilidad del cristiano en su vida personal y en la historia.
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Entonces les decía: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino,
habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes.
Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo”.
Cuando el año litúrgico va acercándose a su final, no pueden faltar, Señor,
estas consideraciones sobre las verdades eternas.
¡Cuánto bien nos hace, Señor, el meditarlas con frecuencia!
Por supuesto nos mueven a amarte más; pero no queremos que nos falte
el santo temor de Dios, de nuestro Padre Dios, a quien por nada del mundo
queremos ofender, olvidar, disgustar, o serle ingratos.
Tú mismo nos aconsejas que “no tengan miedo”.
Pero sobre todo acogemos tu llamada a la sinceridad y a la responsabilidad
con los talentos que nos estás dando en esta vida, con los que tenemos que
“negociar” la salvación eterna en el más allá,
y nuestra alegría y felicidad en este mundo.
¡Qué buena lección para nosotros pensar en la muerte, en que todo se acabará;
¡Qué buena lección para nosotros pensar en la muerte, en que todo se acabará;
y saber que lo único importante es que, al llegar ese momento,
nuestras “alforjas” estén llenas de buenas obras de santidad y de amor de Dios!
¡Cómo ayuda este pensamiento a ser más justos, sensatos y ecuánimes,
para valorar este mundo y sus bienes materiales, corporales y pecuniarios!
¡Cuántas “cosas” sobrevaloramos en esta vida, y ansiamos con obsesión e inquietud, que nos hacen perder la paz y vivir agitados e insatisfechos!
Con total clarividencia entendemos ahora las palabras de Santa Teresa:
“Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda.
nuestras “alforjas” estén llenas de buenas obras de santidad y de amor de Dios!
¡Cómo ayuda este pensamiento a ser más justos, sensatos y ecuánimes,
para valorar este mundo y sus bienes materiales, corporales y pecuniarios!
¡Cuántas “cosas” sobrevaloramos en esta vida, y ansiamos con obsesión e inquietud, que nos hacen perder la paz y vivir agitados e insatisfechos!
Con total clarividencia entendemos ahora las palabras de Santa Teresa:
“Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda.
Solo Dios basta. La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta”.
Saber, Señor, que como las hojas en otoño van cayendo de los árboles,
un día la hoja caída seremos cada uno, y que además tendremos que dar cuenta
de nuestra vida en el juicio particular, nos llena de responsabilidad
en el camino hacia la santidad y en las obligaciones apostólicas.
¡Gracias, Señor, por estas llamadas que nos haces al finalizar el año litúrgico,
y en tantas otras ocasiones, para aprovechar mejor el tiempo,
siendo buenos hijos tuyos, excelentes colaboradores en tu viña
y eficientes trabajadores en el campo del mundo y de la Iglesia!
Queremos cantar cada día estas palabras:
“Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino, que, aunque
morimos, no somos carne de un ciego destino. Tú nos hiciste, tuyos somos.
Nuestro destino es vivir, siendo felices contigo, sin padecer ni morir”.
Saber, Señor, que como las hojas en otoño van cayendo de los árboles,
un día la hoja caída seremos cada uno, y que además tendremos que dar cuenta
de nuestra vida en el juicio particular, nos llena de responsabilidad
en el camino hacia la santidad y en las obligaciones apostólicas.
¡Gracias, Señor, por estas llamadas que nos haces al finalizar el año litúrgico,
y en tantas otras ocasiones, para aprovechar mejor el tiempo,
siendo buenos hijos tuyos, excelentes colaboradores en tu viña
y eficientes trabajadores en el campo del mundo y de la Iglesia!
Queremos cantar cada día estas palabras:
“Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino, que, aunque
morimos, no somos carne de un ciego destino. Tú nos hiciste, tuyos somos.
Nuestro destino es vivir, siendo felices contigo, sin padecer ni morir”.
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